Julio 2007


Aníbal

(Cartago, hoy desaparecida, actual Túnez, 247 a.C.-Bitinia, actual Turquía, 183 a.C.) Militar cartaginés. Hijo de Amílcar Barca, quien, según la leyenda, le hizo jurar odio eterno a los romanos ante los dioses. Tras la muerte de su padre (229 a.C.) y el asesinato de su cuñado Asdrúbal (221 a.C.), Aníbal asumió la jefatura del ejército cartaginés, que ya entonces controlaba el sur de Hispania. Desde su base de Cartago Nova (la actual Cartagena), realizó varias expediciones hacia el altiplano central y sometió a diversas tribus iberas.

En el 219 a.C. destruyó Sagunto, ciudad aliada de Roma, y traspuso el Ebro, río en que, siete años antes, cartagineses y romanos habían fijado el límite de sus respectivas influencias en territorio peninsular; esta acción significó el inicio de la Segunda Guerra Púnica (219-202 a.C.).

En la primavera del 218 a.C., Aníbal concedió a su hermano Asdrúbal el mando de las tropas en Hispania y partió hacia Italia con un ejército de 60.000 hombres y 38 elefantes. Después de atravesar los Pirineos, y los Alpes, llegó a la llanura del Po, donde derrotó a los romanos sucesivamente en Tesino y en Trebia, a pesar de las numerosas bajas que había sufrido en el curso de la marcha.

Al año siguiente, una nueva victoria, esta vez junto al lago Trasimeno, le dio el control sobre la Italia central. Aplastado el ejército romano de Flaminio, Roma quedó a merced del cartaginés, pero éste no se atrevió a asaltar las sólidas murallas de la ciudad y prefirió dominar la Italia meridional. En agosto del 216 a.C., venció en Cannas a las tropas de Lucio Emilio Paulo y Marco Terencio Varrón, cuyos efectivos duplicaban a los suyos.
No obstante, lejos de sus bases de avituallamiento, sin posibilidad de recibir refuerzos, ya que su hermano Asdrúbal había sido derrotado y muerto por Claudio Nerón en la batalla de Metauro cuando se dirigía a socorrerle (207 a.C.), y habiendo fracasado en el intento de atraer a su causa a los pueblos itálicos sometidos por Roma, el ejército de Aníbal quedó aislado e inmovilizado en la Italia meridional durante varios años, situación que aprovecharon los romanos para contraatacar.

Tras expulsar a los cartagineses de la península Ibérica, el general romano Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano, desembarcó cerca de Cartago (203 a.C.), hecho que obligó a Aníbal a regresar a África, donde fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. A consecuencia de esta derrota, Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Con todo, Aníbal, elegido sufeta para los años 197 y 196 a.C., intentó reconstruir el poderío militar cartaginés, pero, perseguido por los romanos, hubo de huir y refugiarse en la corte de Antíoco III de Siria, a quien indujo a enfrentarse con Roma, mientras él negociaba una alianza con Filipo V de Macedonia. A raíz de las victorias romanas sobre los sirios en las Termópilas (191 a.C.) y en Magnesia (189 a.C.), Aníbal huyó a Bitinia, donde decidió quitarse la vida el año 183 a.C., para evitar que el rey Prusias lo entregase a Roma y ante la imposibilidad de encontrar un refugio en que pudiera sentirse seguro.

apoleón nació el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, capital de la actual Córcega, en una familia numerosa de ocho hermanos, la familia Bonaparte o, con su apellido italianizado, Buonaparte. Cinco de ellos eran varones: José, Napoleón, Lucien, Luis y Jerónimo. Las niñas eran Elisa, Paulina y Carolina. Al amparo de la grandeza de Napolione -así lo llamaban en su idioma vernáculo-, todos iban a acumular honores, riqueza, fama y a permitirse asimismo mil locuras. La madre, María Leticia Ramolino, era una mujer de notable personalidad, a la que Stendhal eligió por su carácter firme y ardiente.

Carlos María Bonaparte, el padre, siempre con agobios económicos por sus inciertos tanteos en la abogacía, sobrellevados gracias a la posesión de algunas tierras, demostró tener pocas aptitudes para la vida práctica. Sus dificultades se agravaron al tomar partido por la causa nacionalista de Córcega frente a su nueva metrópoli, Francia; congregados en torno a un héroe nacional, Paoli, los isleños la defendieron con las armas. A tenor de las derrotas de Paoli y la persecución de su bando, la madre de Napoleón tuvo que arrostrar durante sus primeros alumbramientos las incidencias penosas de las huidas por la abrupta isla; de sus trece hijos, sólo sobrevivieron aquellos ocho. Sojuzgada la revuelta, el gobernador francés, conde de Marbeuf, jugó la carta de atraerse a las familias patricias de la isla. Carlos Bonaparte, que religaba sus ínfulas de pertenencia a la pequeña nobleza con unos antepasados en Toscana, aprovechó la oportunidad, viajó con una recomendación de Marbeuf hacia la metrópoli para acreditarlas y logró que sus dos hijos mayores entraran en calidad de becarios en el Colegio de Autun.

Los méritos escolares de Napoleón en matemáticas, a las que fue muy aficionado y que llegaron a constituir una especie de segunda naturaleza para él -de gran utilidad para su futura especialidad castrense, la artillería-, facilitaron su ingreso en la Escuela Militar de Brienne. De allí salió a los diecisiete años con el nombramiento de subteniente y un destino de guarnición en la ciudad de Valence.

Juventud revolucionaria

A poco sobrevino el fallecimiento del padre y, por este motivo, el traslado a Córcega y la baja temporal en el servicio activo. Su agitada etapa juvenil discurrió entre idas y venidas a Francia, nuevos acantonamientos con la tropa, esta vez en Auxonne, la vorágine de la Revolución, cuyas explosiones violentas conoció durante una estancia en París, y los conflictos independentistas de Córcega. En el agitado enfrentamiento de las banderías insulares, Napoleón se creó enemigos irreconciliables, entre ellos el mismo Paoli, al romper éste con la Convención republicana y decantarse el joven oficial por las facciones afrancesadas. La desconfianza hacia los paolistas en la familia Bonaparte se fue trocando en furiosa animadversión. Napoleón se alzó mediante intrigas con la jefatura de la milicia y quiso ametrallar a sus adversarios en las calles de Ajaccio. Pero fracasó y tuvo que huir con los suyos, para escapar al incendio de su casa y a una muerte casi segura a manos de sus enfurecidos compatriotas.

Un joven Napoleón Bonaparte

Instalado con su familia en Marsella, malvivió entre grandes penurias económicas que a veces les situaron al borde de la miseria; el horizonte de las disponibilidades familiares solía terminar en las casas de empeños, pero los Bonaparte no carecían de coraje ni recursos. María Leticia, la madre, se convirtió en amante de un comerciante acomodado Clary, el hermano José se casó con una hija de éste, Marie Julie, si bien el noviazgo de Napoleón con otra hija, Désirée, no prosperó. Con todo, las estrecheces sólo empezaron a remitir cuando un hermano de Robespierre, Agustín, le deparó su protección. Consiguió reincorporarse a filas con el grado de capitán y adquirió un amplio renombre con ocasión del asedio de Tolón, en 1793, al sofocar una sublevación contrarrevolucionaria apoyada por los ingleses; el plan de asalto propuesto a unos inexperimentados generales fue suyo, la ejecución también y el éxito infalible.

En reconocimiento a sus méritos fue ascendido a general de brigada, se le destinó a la comandancia general de artillería en el ejército de Italia y viajó en misión especial a Génova. Esos contactos con los Robespierre estuvieron a punto de serle fatales al caer el Terror jacobino, el 9 Termidor, y verse encarcelado por un tiempo en la fortaleza de Antibes, mientras se dilucidaba su sospechosa filiación. Liberado por mediación de otro corso, el comisario de la Convención Salicetti, el joven Napoleón, con veinticuatro años y sin oficio ni beneficio, volvió a empezar en París, como si partiera de cero.

Encontró un hueco en la sección topográfica del Departamento de Operaciones. Además de las tareas propiamente técnicas, entre mapas, informes y secretos militares, esta oficina posibilitaba el acceso a las altas autoridades civiles que la supervisaban. Y a través de éstas, a los salones donde las maquinaciones políticas y las especulaciones financieras, en el turbio esplendor que había sucedido al implacable moralismo de Robespierre, se entremezclaban con las lides amorosas y la nostalgia por los usos del Antiguo Régimen.

Allí encontró a la refinada Josefina Tascher de la Pagerie, de reputación tan brillante como equívoca, quien colmó también su vacío sentimental. Era una dama criolla oriunda de la Martinica, que tenía dos hijos, Hortensia y Eugenio, y cuyo primer marido, el vizconde y general de Beauharnais, había sido guillotinado por los jacobinos. Mucho más tarde Napoleón, que declaraba no haber sentido un afecto profundo por nada ni por nadie, confesaría haber amado apasionadamente en su juventud a Josefina, que le llevaba unos cinco años. Entre sus amantes se contaba Barras, el hombre fuerte del Directorio surgido con la nueva Constitución republicana de 1795, quien por entonces andaba a la búsqueda de una espada, según su expresión literal, a la que manejar convenientemente para el repliegue conservador de la república y hurtarlo a las continuas tentativas de golpe de estado de realistas, jacobinos y radicales igualitarios. La elección de Napoleón fue precipitada por una de las temibles insurrecciones de las masas populares de París, al finalizar 1795, a la que se sumaron los monárquicos con sus propios fines desestabilizadores. Encargado de reprimirla, Napoleón realizó una operación de cerco y aniquilamiento a cañonazos que dejó la capital anegada en sangre. La Convención se había salvado.

Asegurada la tranquilidad interior por el momento, Barras le encomendó en 1796 dirigir la guerra en uno de los frentes republicanos más desasistidos el de Italia, contra los austríacos y piamonteses. Unos días antes de su partida se casó con Josefina en ceremonia civil, pero en su ausencia no pudo evitar que ella volviera a entregarse a Barras y a otros miembros del círculo gubernamental. Celoso y atormentado, terminó por reclamarla imperiosamente a su lado, en el mismo escenario de batalla.

Militar exitoso

Aquel general de veintisiete años transformó unos cuerpos de hombres desarrapados hambrientos y desmoralizados en una formidable máquina bélica que trituró el Piamonte en menos de dos semanas y repelió a los austríacos más allá de los Alpes, de victoria en victoria. Sus campañas de Italia pasarían a ser materia obligada de estudio en las academias militares durante innúmeras promociones. Tanto o más significativas que sus victorias aplastantes en Lodi, en 1796, en Arcole y Rívoli, en 1797, fue su reorganización política de la península italiana, que llevó a cabo refundiendo las divisiones seculares y los viejos estados en repúblicas de nuevo cuño dependientes de Francia. El rayo de la guerra se revelaba simultáneamente como el genio de la paz. Lo más inquietante era el carácter autónomo de su gestión: hacía y deshacía conforme a sus propios criterios y no según las orientaciones de París. El Directorio comenzó a irritarse. Cuando Austria se vio forzada a pedir la paz en 1797, ya no era posible un control estricto sobre un caudillo alzado a la categoría de héroe legendario.

Napoleón en la campaña de Egipto (Antoine Jean Gros)

Napoleón mostraba una amenazadora propensión a ser la espada que ejecuta, el gobierno que administra y la cabeza que planifica y dirige, tres personas en una misma naturaleza de inigualada eficacia. Por ello, el Directorio columbró la posibilidad de alejar esa amenaza aceptando su plan de cortar las rutas vitales del poderío británico -las del Mediterráneo y la India- con una expedición a Egipto. Así, el 19 de mayo de 1798 embarcaba rumbo a Alejandría, y dos meses después, en la batalla de las pirámides, dispersaba a la casta de guerreros mercenarios que explotaban el país en nombre de Turquía, los mamelucos, para internarse luego en el desierto sirio. Pero todas sus posibilidades de éxito se vieron colapsadas por la destrucción de la escuadra francesa en Abukir por Nelson, el émulo inglés de Napoleón en los escenarios navales.

El revés lo dejó aislado y consumiéndose de impaciencia ante las fragmentarias noticias que recibía de Europa. Allí la segunda coalición de las potencias monárquicas había recobrado las conquistas de Italia y la política interior francesa hervía de conjuras y candidatos a asaltar un Estado en el que la única fuerza estabilizadora que restaba era el ejército. Por fin se decidió a regresar a Francia en el primer barco que pudo sustraerse al bloqueo de Nelson, recaló de paso en su isla natal y nadie se atrevió a juzgarle por deserción y abandono de sus tropas, mientras subía otra vez de Córcega a París, ahora como héroe indiscutido.

Primer Cónsul

En pocas semanas organizó el golpe de estado del 18 Brumario (según la nueva nomenclatura republicana del calendario: el 9 de noviembre) con la colaboración de su hermano Luciano, el cual le ayudó a disolver la Asamblea Legislativa del Consejo de los Quinientos en la que figuraba como presidente. Era el año de 1799. El golpe barrió al Directorio, a su antiguo protector Barras, a las cámaras a los últimos clubes revolucionarios, a todos los poderes existentes e instauró el Consulado: un gobierno provisional compartido en teoría por tres titulares, pero en realidad cobertura de su dictadura absoluta, sancionada por la nueva Constitución napoleónica del año 1800.

Napoleón, Primer Cónsul (Óleo de Antoine Jean Gros)

Aprobada bajo la consigna de «la Revolución ha terminado», la nueva Constitución restablecía el sufragio universal que había recortado la oligarquía termidoriana, sucesora de Robespierre. En la práctica, calculados mecanismos institucionales cegaban los cauces efectivos de participación real a los electores, a cambio de darles la libertad de que le ratificasen en entusiásticos plebiscitos. El que validó su ascensión a primer cónsul al cesar la provisionalidad, arrojó menos de dos mil votos negativos entre varios millones de papeletas. Pero Napoleón no se contentó con alargar luego esta dignidad a una duración de diez años, sino que en 1802 la convirtió en vitalicia. Era poco todavía para el gran advenedizo que embriagaba a Francia de triunfos después de haber destruido militarmente a la segunda coalición en Marengo, y emprendía una deslumbrante reconstrucción interna.

Napoleón, Emperador

La heterogénea oposición a su gobierno fue desmantelada mediante drásticas represiones a derecha e izquierda, a raíz de fallidos atentados contra su persona; el ejemplo más amedrentador fue el secuestro y ejecución de un príncipe emparentado con los Borbones depuestos, el duque de Enghien, el 20 de marzo de 1804. El corolario de este proceso fue el ofrecimiento que le hizo el Senado al día siguiente de la corona imperial. La ceremonia de coronación se llevó a cabo el 2 de diciembre en Notre Dame, con la asistencia del papa Pío VII, aunque Napoleón se ciñó la corona a sí mismo y después la impuso a Josefina; el pontífice se limitó a pedir que celebrasen un matrimonio religioso, en un sencillo acto que se ocultó celosamente al público. Una nueva Constitución el mismo año afirmó aún más su autoridad omnímoda.

Napoleón coronado emperador (Cuadro de J. A. D. Ingres)

La historia del Imperio es una recapitulación de sus victorias sobre las monarquías europeas, aliadas en repetidas coaliciones contra Francia y promovidas en último término por la diplomacia y el oro ingleses. En la batalla de Austerlitz, de 1805, abatió la tercera coalición; en la de Jena, de 1806, anonadó al poderoso reino prusiano y pudo reorganizar todo el mapa de Alemania en la Confederación del Rin, mientras que los rusos eran contenidos en Friendland, en 1807. Al reincidir Austria en la quinta coalición, volvió a destrozarla en Wagram en 1809.

Nada podía resistirse a su instrumento de choque, la Grande Armée (el ‘Gran Ejército’), y a su mando operativo, que, en sus propias palabras, equivalía a otro ejército invencible. Cientos de miles de cadáveres de todos los bandos pavimentaron estas glorias guerreras. Cientos de miles de soldados supervivientes y sus bien adiestrados funcionarios, esparcieron por Europa los principios de la Revolución francesa. En todas partes los derechos feudales eran abolidos junto con los mil particularismos económicos, aduaneros y corporativos; se creaba un mercado único interior, se implantaba la igualdad jurídica y política según el modelo del Código Civil francés, al que dio nombre -el Código Napoleón, matriz de los derechos occidentales, excepción hecha de los anglosajones-; se secularizaban los bienes eclesiásticos; se establecía una administración centralizada y uniforme y la libertad de cultos y de religión, o la libertad de no tener ninguna. Con estas y otras medidas se reemplazaban las desigualdades feudales -basadas en el privilegio y el nacimiento- por las desigualdades burguesas -fundadas en el dinero y la situación en el orden productivo-.

La obra napoleónica, que liberó fundamentalmente la fuerza de trabajo, es el sello de la victoria de la burguesía y puede resumirse en una de sus frases: «Si hubiera dispuesto de tiempo, muy pronto hubiese formado un solo pueblo, y cada uno, al viajar por todas partes, siempre se habría hallado en su patria común». Esta temprana visión unitarista de Europa, quizá la clave de la fascinación que ha ejercido su figura sobre tan diversas corrientes historiográficas y culturales, ignoraba las peculiaridades nacionales en una uniformidad supeditada por lo demás a la égida imperialista de Francia. Así, una serie de principados y reinos férreamente sujetos, mero glacis defensivo en las fronteras, fueron adjudicados a sus hermanos y generales. El excluido fue Luciano Bonaparte, a resultas de una prolongada ruptura fraternal.

A las numerosas infidelidades conyugales de Josefina durante sus campañas, por lo menos hasta los días de la ascensión al trono, apenas había correspondido Napoleón con algunas aventuras fugaces. Éstas se trocaron en una relación de corte muy distinto al encontrar en 1806 a la condesa polaca María Walewska, en una guerra contra los rusos; intermitente, pero largamente mantenido el amor con la condesa, satisfizo una de las ambiciones napoleónicas, tener un hijo, León. Esta ansia de paternidad y de rematar su obra con una legitimidad dinástica se asoció a sus cálculos políticos para empujarle a divorciarse de Josefina y solicitar a una archiduquesa austriaca, María Luisa, emparentada con uno de los linajes más antiguos del continente.

Napoleón con sus hijos

Sin otro especial relieve que su estirpe, esta princesa cumplió lo que se esperaba del enlace, al dar a luz en 1811 a Napoleón II -de corta y desvaída existencia, pues murió en 1832-, proclamado por su padre en sus dos sucesivas abdicaciones, pero que nunca llegó a reinar. Con el tiempo, María Luisa proporcionó al emperador una secreta amargura al no compartir su caída, ya que regresó al lado de sus progenitores, los Habsburgo, con su hijo, y en la corte vienesa se hizo amante de un general austriaco, Neipperg, con quien contrajo matrimonio en segundas nupcias a la muerte de Napoleón.

El ocaso

El año de su matrimonio con María Luisa, 1810, pareció señalar el cenit napoleónico. Los únicos Estados que todavía quedaban a resguardo eran Rusia y Gran Bretaña, cuya hegemonía marítima había sentado de una vez por todas Nelson en Trafalgar, arruinando los proyectos mejor concebidos del emperador. Contra esta última había ensayado el bloqueo continental, cerrando los puertos y rutas europeos a las manufacturas británicas. Era una guerra comercial perdida de antemano, donde todas las trincheras se mostraban inútiles ante el activísimo contrabando y el hecho de que la industria europea aún estuviese en mantillas respecto de la británica y fuera incapaz de surtir la demanda. Colapsada la circulación comercial, Napoleón se perfiló ante Europa como el gran estorbo económico, sobre todo cuando las mutuas represalias se extendieron a los países neutrales.

El bloqueo continental también condujo en 1808 a invadir Portugal, el satélite británico, y su llave de paso, España. Los Borbones españoles fueron desalojados del trono en beneficio de su hermano José, y la dinastía portuguesa huyó a Brasil. Ambos pueblos se levantaron en armas y comenzaron una doble guerra de Independencia que los dejaría destrozados para muchas décadas, pero fijaron y diezmaron a una parte de la Grande Armée en una agotadora lucha de guerrillas que se extendió hasta 1814, doblada en las batallas a campo abierto por un moderno ejército enviado por Gran Bretaña.

La otra parte del ejército, en la que había enrolado a contingentes de las diversas nacionalidades vencidas, fue tragada por las inmensidades rusas. En la campaña de 1812 contra el zar Alejandro I, Napoleón llegó hasta Moscú, pero en la obligada retirada perecieron casi medio millón de hombres entre el frío y el hielo del invierno ruso, el hambre y el continuo hostigamiento del enemigo. Toda Europa se levantó entonces contra el dominio napoleónico, y el sentimiento nacional de los pueblos se rebeló dando soporte al desquite de las monarquías; hasta en Francia, fatigada de la interminable tensión bélica y de una creciente opresión, la burguesía resolvió desembarazarse de su amo.

La batalla resolutoria de esta nueva coalición, la sexta, se libró en Leipzig en 1813, la «batalla de las Naciones», una de las grandes y raras derrotas de Napoleón. Fue el prólogo de la invasión de Francia, la entrada de los aliados en París y la abdicación del emperador en Fontainebleau, en abril de 1814, forzada por sus mismos generales. Las potencias vencedoras le concedieron la soberanía plena sobre la minúscula isla italiana de Elba y restablecieron en su lugar a los Borbones, arrojados por la Revolución, en la figura de Luis XVIII.

Su estancia en Elba, suavizada por los cuidados familiares de su madre y la visita de María Walewska, fue comparable a la de un león enjaulado. Tenía cuarenta y cinco años y todavía se sentía capaz de hacer frente a Europa. Los errores de los Borbones, que a pesar del largo exilio no se resignaban a pactar con la burguesía, y el descontento del pueblo le dieron ocasión para actuar. Desembarcó en Francia con sólo un millar de hombres y, sin disparar un solo tiro, en un nuevo baño triunfal de multitudes, volvió a hacerse con el poder en París.

Pero fue completamente derrotado en junio de 1815 por los vigilantes Estados europeos -que no habían depuesto las armas, atentos a una posible revigorización francesa- en Waterloo y puesto nuevamente en la disyuntiva de abdicar. Así concluyó su segundo período imperial, que por su corta duración se ha llamado de los Cien Días (de marzo a junio de 1815). Se entregó a los ingleses, que le deportaron a un perdido islote africano, Santa Elena, donde sucumbió lentamente a las iniquidades de un tétrico carcelero, Hudson Lowe. Antes de morir, el 5 de mayo de 1821, escribió unas memorias, el Memorial de Santa Elena, en las que se describió a sí mismo tal como deseaba que le viese la posteridad. Ésta aún no se ha puesto de acuerdo sobre su personalidad mezcla singular del bronco espadón cuartelero, el estadista, el visionario, el aventurero y el héroe de la antigüedad obsesionado por la gloria.

Hijo de un aduanero austríaco, se quedó huérfano cuando todavía era muy joven. Se trasladó a Viena en 1905, para hacer estudios artísticos; el tiempo que estuvo en esta ciudad, en la que los dirigentes municipales mandaban con ideas racistas en contra de los judíos, fue muy importante en su vida. En 1912 se fue a vivir a Munich. En 1914 se alistó en el ejército bávaro, en el que fue cabo; en la I Guerra Mundial lo hirieron, y sufrió daños en los ojos provocados por los gases que fueron novedad en esta guerra. Por estos daños, se le condecoró con la cruz de hierro.

En 1919 se convirtió en oficial de propaganda de la nueva Reichswehr, y era encargado de luchar contra el bolchevismo y de extender las ideas nacionalistas. Uno de sus jefes, Gottfried Feder, lo puso en contacto en julio de 1919 con un partido político de extrema derecha, dirigido por Drexler. En poco tiempo, ya era miembro del comité de directores, y redactor del semanario del partido.

En 1921 eliminó a Drexler y le puso el nombre al partido de “Partido nacionalsocialista alemán del trabajo”, y fue su presidente. Comenzó unas buenas relaciones con la Reichswher y con los sindicatos. Gracias a la importancia de su organización paramilitar, las S.A., fue director del Kampfbund (Liga de asociaciones de combate), que se formó en septiembre de 1923.

Hitler intentó imitar el golpe de estado de Mussolini el ocho de noviembre de 1923, pero no le salió bien, y al día siguiente el gobierno bávaro mandó disparar sobre Hitler, Ludendorff, y sus hombres. Hitler fue herido y también condenado a pasar cinco años en prisión en 1924. Aprovechó el tiempo en la cárcel para hacer un libro en el que plasmaba todas sus ideas: Mein Kampf (Mi lucha).

Hitler creó las S.S. para contrarrestar a las S.A. de las que desconfiaba. En 1929 entró en contacto con el industrial Hugenberg, ya que este necesitaba piquetes armados que fueran en contra de los comunistas.

El partido nazi aumentó mucho sus diputados gracias a lo bien que lo hacía Hitler cuando exponía sus ideas, y así, se ganó la confianza del subproletariado, de ciertos parados, y de los burgueses que estaban descontentos. Hitler se presentó a las elecciones presidenciales y aunque fue vencido, fué elegido por muchos votantes.

El nuevo canciller, Von Papen, que representaba a la derecha, concedió a Hitler la disolución del parlamento y autorizó las S.S. y las S.A..

El 30 de enero de 1933, Hitler tuvo que conformarse con ocupar el poder junto con los conservadores. Hitler, comenzó por disolver el parlamento, e hizo una campaña, en la que las S.A. cambiaron el resultado. Además, el Reichstag se incendió, y esto fue atribuido falsamente a los comunistas. Por todo esto, el cinco de marzo, los nazis obtuvieron el 44 % de los votos.

Ahora el canciller (Hitler), ya tenía el poder del país por un período de cuatro años (a partir del 23 de marzo). Hitler, utilizó estos cuatro años para reorganizar Alemania y hacer más fuerte su dominio.

Durante la noche del 30 de junio de 1934 (se le dice “noche de los cuchillos largos”), Hitler se deshizo (asesinándoles) de los jefes de las S. A. y de sus adversarios políticos.

Hitler acumuló la presidencia del Reich y la cancillería, con el nombre de “Reichsführer”, obteniendo el 88 % de los votos en agosto de 1934.

Para hacer realidad sus ideales, lanzó ideas simples sobre la superioridad de la raza alemana y decía que el destino lo había llamado para hacer que los alemanes dominara sobre el mundo.

Cuando llegó al poder, organizó una policía estatal, la Gestapo, y persiguió a los comunistas, a los socialdemócratas, a las organizaciones obreras, a los antinazis, a los judíos (a los que quería exterminar), e incluso a las Iglesias, contra las que chocó porque él quería controlar a la juventud.

Desde su llegada al poder, Hitler comenzó a preparar la guerra. Quería que el dominio de la Alemania nazi sobre Europa, hiciera feliz a todos los alemanes. Consiguió disminuir el paro con las industrias de guerra, que trabajaban a un alto ritmo desde 1933. Organizó una propaganda perfectamente montada, que dio a la gran mayoría de la población una confianza ilimitada en el jefe y en el futuro que él preparaba.

Eliminó las limitaciones que había impuesto el Tratado de Versalles para las fuerzas armadas alemanas, y de nuevo ocupó Renania el 7 de Marzo de 1936. Intervino en la organización de un golpe de estado contra el gobierno austríaco.

Hitler, hizo muy bien al esperar que las potencias de dividieran para comenzar la guerra, pero por otro lado, él esperaba que Gran Bretaña se uniera a Alemania, para luchar contra sus dos grandes enemigos: Francia y la U.R.S.S., pero no fue así.

Entonces Hitler, se hizo amigo de Italia y como Mussolini, el Führer (Hitler), decidió intervenir en la guerra civil española.

Camufló (para que no se notara que preparaba una guerra) con el nombre de lucha contra el bolchevismo, la alianza con los dictadores (entre ellos Mussolini). Se alió con Japón, que debía servir para advertir al ejército de la U.R.S.S..

A finales de 1937, Hitler decidió reunir a todos los países de lengua alemana, antes de que las potencias de occidente hubieran acabado de prepararse.

Hitler renovó a una parte del personal gubernamental. El Führer, consiguió eliminar a su comandante en jefe, Von Fritsch en febrero de 1938, y a su jefe de estado mayor, Beck, en septiembre del mismo año, y decidió asumir él el mando.

Hitler, aunque estaba seguro de la actitud del Duce (Mussolini), pero sin advertirle, intervino en Austria, el 13 de marzo de 1938. En los acuerdos de Munich el 30 de septiembre del mismo año, le entregaron una cuarta parte de checoslovaquia.

Organizó la secesión eslovaca y comenzó a mandar en Bohemia-Moravia el 15 de Marzo de 1939. Después ocupó Memel, el 22 de Marzo del mismo año. A partir de 1939, comenzó a pedir los territorios “alemanes” en Polonia.

Después de reforzar su alianza con Italia en el pacto de Acero del 22 de Mayo, y de firmar el pacto de neutralidad germano-soviético el 23 de agosto, provocó el comienzo de la segunda guerra mundial al invadir Polonia el uno de septiembre.

A partir de aquí, comienzan a sucederse las victorias alemanas, y el dominio hitleriano se extendió por toda Europa. El 22 de junio de 1941 atacó a la U.R.S.S., y el fracaso le hizo tomar él mismo el mando del ejército de tierra.

Hasta finales de 1942, el éxito estaba dando la razón a Hitler, pero después de Stalingrado, el dos de febrero de 1943 y de la apertura del segundo frente en Normandía el seis de junio de 1944, la derrota de Alemania parecia inevitable, y los oponentes conservadores, se reunieron para acabar con Hitler, antes de que Alemania fuese definitivamente arruinada.

El coronel Von Stauffenberg, puso una bomba en el cuartel general del Führer el 20 de julio de 1944. Hitler, que resultó con ligeras heridas, aplastó a los sublevados, que creían que este estaba muerto, y se habían “destapado” para actuar.

En la última época, Hitler era un enfermo mental, que estaba “destrozado” por las derrotas. Pero sin embargo, todavía creía que podía ganar por medio de armas secretas como la bomba atómica, que estaba en preparación.

Supervisó el último ataque alemán (Ardenas, diciembre de 1944 - enero de 1945). Después, el 20 de abril de 1945, viendo que Alemania iba a ser dividida en dos partes, repartió el alto mando entre el almirante Dönitz y Göring. A pesar de que los que le apoyaban querían llevarle al “reducto bávaro”, Hitler decidió morir en Berlín. El 29 de abrilde 1945 se casó con su amante Eva Braun, y nombró para sucederle al almirante Dönitz. El 30 de abril de 1945, se suicidó de un tiro de revólver.

ara muchos historiadores, el nacionalsocialismo es un movimiento nacido con Hitler, jefe del Partido Nazi desde 1920. Esta opinión merece ser matizada, ya que el nacionalsocialismo, si bien exacerbó las tendencias nacionalistas y racistas, desde luego no las inventó. La continuidad del imperialismo alemán se manifestó de Guillermo II a Hitler pasando por Ebert y Stresemann. Ciertos especialistas del pensamiento protestante hacen remontar a Lutero las raíces del nacionalsocialismo, pero los trabajos recientes muestran cuán grande fue la influencia del catolicismo austríaco en Hitler.

 

Además el término nacionalsocialismo tiene muchos significados y connotaciones. En su forma más genérica es usado desde hace más de un siglo por varios movimientos e ideologías políticas que propugnan un tipo de socialismo diferente del socialismo internacionalista y marxista, o que son contrarios al mismo. Por una parte, nació en el s. XIX como reacción a la sociedad industrial y a la emancipación liberal. Por otra parte, los movimientos nacionalistas en los Países en vías de desarrollo, específicamente en los estados árabes (socialismo árabe), han propugnado hasta este momento nuevas formas de nacionalsocialismo como alternativa al feudalismo y al colonialismo. Pero en todos estos ejemplos cualquier uso del término lo torna confuso y se complica por el hecho de que el nacionalsocialismo como fenómeno político de dimensiones históricas mundiales indica sobre todo el movimiento político alemán fundado por Adolf Hitler después de la primera guerra mundial (y polémicamente llamado con el diminutivo de nazismo).

 

Como fenómeno histórico, el nacionalsocialismo se debe definir a dos niveles principales: primero de todo como reacción directa de la primera guerra mundial y de sus consecuencias, pero también como resultado de tendencias e ideas con origen más lejano en el tiempo, vinculadas a los problemas de unificación política y de la modernización social, problemas que dominan el desarrollo alemán desde comienzos del s. XIX. Sin duda fueron la inesperada derrota de 1918 y sus desastrosas consecuencias -materiales y psicológicas- las que hicieron posible la fundación y el ascenso político del nacionalismo. Pero al mismo tiempo es importante considerar el hecho de que las tendencias y las ideas políticas fundamentales del nacionalsocialismo nacieron antes de 1918 y de la guerra, y de que el nacionalsocialismo es más que un simple movimiento de protesta de la postguerra guiado por un eficaz agitador de masas como Hitler.

 

Ambos niveles -las raíces ideológicas y la realización política- son igualmente importantes en el análisis y definición de los factores principales del nacionalsocialismo. Sus cualidades dinámicas y explosivas pudieron materializarse sólo en la situación de profunda crisis de la Alemania de la primera postguerra, pero los aspectos más extremistas del movimiento se deben explicar como el resultado de deferentes posiciones ideológicas fundamentales con profundas raíces históricas. Éstas forman el marco de la Weltanschauung nacional-socialista, que contiene los postulados principales y el vocabulario específico de valores del nacionalsocialismo, cuyas palabras claves son: nación, raza, espacio vital (Lebenraum), la comunidad del pueblo (Volkgemeinschaft), liderazgo, acción autoridad, sangre y tierra, frente y batalla.

   

INTRODUCCIÓN

Nacionalsocialismo, también conocido como nazismo, movimiento político alemán que se constituyó en 1920 con la creación del Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter-Partei, NSDAP), llamado habitualmente partido nazi. Su apogeo culminó con la proclamación del III Reich, el régimen totalitario alemán presidido entre 1933 y 1945 por Adolf Hitler, responsable del inicio de la II Guerra Mundial y causante del Holocausto.

SURGIMIENTO Y ASCENSO DEL NAZISMO

El nacionalsocialismo tenía muchos puntos en común con el fascismo. No obstante, sus raíces eran típicamente alemanas: el autoritarismo y la expansión militar propios de la herencia prusiana; la tradición romántica alemana que se oponía al racionalismo, al liberalismo y a la democracia; diversas doctrinas racistas según las cuales los pueblos nórdicos —los llamados arios puros— no sólo eran físicamente superiores a otras razas, sino que también lo eran su cultura y moral; así como determinadas doctrinas filosóficas, especialmente las del alemán Friedrich Nietzsche, que idealizaban al Estado o exaltaban el culto a los individuos superiores, a los que se eximía de acatar las limitaciones convencionales.

Entre los teóricos y planificadores del nacionalsocialismo se encontraba el experto en geopolítica y general alemán Karl Ernst Haushofer, que ejerció una gran influencia en la política exterior de Alemania. Alfred Rosenberg, editor y miembro del partido nazi, formuló las teorías raciales basándose en la obra del escritor angloalemán Houston Stewart Chamberlain. El financiero Hjalmar Schacht se encargó de elaborar y poner en práctica gran parte de la política económica y bancaria, y Albert Speer, arquitecto y uno de los principales dirigentes del partido, desempeñó una labor fundamental supervisando la situación económica en el periodo previo a la II Guerra Mundial.

LAS REPERCUSIONES DE LA I GUERRA MUNDIAL

El origen inmediato del nacionalsocialismo debe buscarse en las consecuencias de la derrota alemana en la I Guerra Mundial (1914-1918). De acuerdo con los términos del Tratado de Versalles (1919), Alemania era la única responsable del conflicto, por lo que fue despojada de su imperio colonial y de importantes territorios en el continente, como Alsacia y Lorena, y obligada a pagar onerosas reparaciones de guerra. La vida política y económica alemana se vio gravemente afectada a causa de las condiciones de este acuerdo. La elevada inflación, que alcanzó un punto crítico en 1923, casi acabó con la clase media alemana, y muchos de sus miembros, empobrecidos y sin esperanzas, se comenzaron a sentir atraídos por los grupos políticos radicales que surgieron en la posguerra. Pocos años después de que se hubiera alcanzado un cierto grado de progreso y estabilidad económica, la crisis económica mundial que comenzó en 1929 sumió a Alemania en una depresión que parecía irremediable. La República de Weimar, régimen instaurado en Alemania tras la disolución del II Reich (II Imperio Alemán) al finalizar la guerra, se vio sometida a crecientes ataques tanto de la derecha como de la izquierda durante estos años y no fue capaz de solucionar eficazmente la desesperada situación del país. Hacia 1933, muchos votantes alemanes apoyaron a alguno de los dos principales partidos totalitarios, el Partido Comunista Alemán (KPD) y el NSDAP.

EL PARTIDO NACIONALSOCIALISTA

El NSDAP tuvo su origen en el Partido Obrero Alemán, fundado en Munich en 1919. Cuando Adolf Hitler se unió a él en ese mismo año, la agrupación contaba con unos 25 militantes, de los cuales sólo seis participaban en debates y conferencias. Hitler se convirtió en el líder de la formación poco después de afiliarse a ella. Durante el primer mitin del Partido Obrero Alemán, celebrado en Munich el 24 de febrero de 1920, Hitler leyó el programa del partido, elaborado en parte por él; constaba de 25 puntos en los que se combinaban desmesuradas demandas nacionalistas con doctrinas racistas y antisemitas; en el punto vigésimo quinto se establecía lo siguiente como condición indispensable para el cumplimiento de los objetivos previstos: “Frente a la sociedad moderna, un coloso con pies de barro, estableceremos un sistema centralizado sin precedentes, en el que todos los poderes quedarán en manos del Estado. Redactaremos una constitución jerárquica, que regirá de forma mecánica todos los movimientos de los individuos”.

HITLER, EL LÍDER SUPREMO

Poco después del mitin de febrero de 1920, el Partido Obrero Alemán pasó a denominarse Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo. Esta nueva organización se fue desarrollando poco a poco, especialmente en Baviera. Sus miembros estaban convencidos del valor de la violencia como medio para alcanzar sus fines, por lo que no tardaron en crear las Sturm Abteilung (‘sección de asalto’) o SA, una fuerza que se encargó de proteger las reuniones del partido, provocar disturbios en los mítines de los demócratas liberales, socialistas, comunistas y sindicalistas, y perseguir a los judíos, sobre todo a los comerciantes. Estas actividades fueron realizadas con la colaboración de algunos de los oficiales del Ejército, labor en la que destacó particularmente el creador de las SA, Ernst Röhm.

Hitler fue elegido presidente con poderes ilimitados del partido en 1921. Ese mismo año, el movimiento adoptó como emblema una bandera con fondo rojo en cuyo centro había un círculo blanco con una cruz esvástica negra. En diciembre de 1920, Hitler había fundado el periódico Völkischer Beobachter, que pasó a ser el diario oficial de la organización. A medida que fue aumentando la influencia del KPD, fundado en 1919, el objetivo principal de la propaganda nacionalsocialista fue la denuncia del bolchevismo, al que consideraban una conspiración internacional de financieros judíos. Asimismo, proclamaron su desprecio por la democracia e hicieron campaña en favor de un régimen dictatorial.

EL PUTSCH DE MUNICH

El 8 de noviembre de 1923, Hitler, con 600 soldados de asalto, se dirigió a una cervecería de Munich en la que Gustav von Kahr, gobernador de Baviera que en octubre se había proclamado comisario general con poderes dictatoriales, estaba pronunciando un discurso. Apresó a Von Kahr y sus colaboradores y, alentado por el general Erich Ludendorff, declaró la formación de un nuevo gobierno nacional en nombre de Von Kahr. Éste, tras simular aceptar el cargo de regente de Baviera que Hitler le otorgó, fue liberado poco después y tomó medidas contra Hitler y Ludendorff. El líder nazi y sus compañeros consiguieron huir el 9 de noviembre después de un pequeño altercado con la policía de Munich, de manera que el llamado putsch de Munich (o de la cervecería) fracasó. Hitler y Ludendorff fueron arrestados posteriormente. Este último fue absuelto, pero Hitler resultó condenado a cinco años de prisión y el partido fue ilegalizado. Durante su encarcelamiento, Hitler dictó Mein Kampf (Mi lucha) a su secretario personal, Rudolf Hess. Esta obra, cuyo ideario antisemita sería más tarde desarrollado por su propio autor, era una declaración de la doctrina nacionalsocialista, que contenía además técnicas de propaganda y planes para la conquista de Alemania y, más tarde, de Europa. Mein Kampf se convirtió en el fundamento ideológico del nacionalsocialismo algunos años después.

Hitler fue puesto en libertad antes de un año. El partido nazi se hallaba prácticamente disuelto, debido en gran medida a que la mejora de las condiciones políticas del país había generado una atmósfera más propicia para las organizaciones políticas moderadas. Durante los años siguientes, Hitler consiguió reorganizar el partido con la ayuda de un reducido número de colaboradores leales. Se autoproclamó Führer (‘jefe’) del partido en 1926 y organizó un cuerpo armado de unidades defensivas, las Schutz-Staffel o SS, para vigilar y controlar al partido y a su rama paramilitar, las SA. Cuando comenzó la crisis económica mundial de 1929, Alemania dejó de recibir el flujo de capital extranjero, disminuyó el volumen del comercio exterior del país, el ritmo de crecimiento de la industria alemana se ralentizó, aumentó enormemente el desempleo y bajaron los precios de los productos agrícolas. A medida que se agravaba la depresión, la situación se mostraba cada vez más propicia para una rebelión. Fritz Thyssen, presidente de un grupo empresarial del sector del acero, y otros capitalistas entregaron grandes cantidades de dinero al NSDAP. No obstante, numerosos empresarios alemanes manifestaron su firme rechazo a este movimiento.

EL PARTIDO NACIONALSOCIALISTA EN EL REICHSTAG

El NSDAP ganó apoyo rápidamente y reclutó en sus filas a miles de funcionarios públicos despedidos, comerciantes y pequeños empresarios arruinados, agricultores empobrecidos, trabajadores decepcionados con los partidos de izquierdas y a multitud de jóvenes frustrados y resentidos que habían crecido en los años de la posguerra y no tenían ninguna esperanza de llegar a alcanzar cierta estabilidad económica. En las elecciones al Reichstag (cámara baja del Parlamento alemán) de 1930 los nazis obtuvieron casi 6,5 millones de votos (más del 18% de los votos totales emitidos), lo que suponía un gran ascenso en comparación con los 800.000 votos (aproximadamente un 2,5%) obtenidos en 1928. Los 107 escaños alcanzados en estas elecciones les convirtieron en el segundo partido del Reichstag, después del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que ganó 143 escaños. El KPD, con 4,6 millones de votos, también logró un considerable avance con la obtención de 77 escaños.

El partido nazi rentabilizó al máximo el agravamiento de la depresión económica (conocida internacionalmente como la Gran Depresión) entre 1929 y 1932. Los esfuerzos desesperados del canciller Heinrich Brüning por salvar la república democrática mediante decretos de emergencia no consiguieron frenar el creciente desempleo. Por el contrario, la ineficacia de su administración socavó la escasa fe de la población alemana en la democracia parlamentaria. Así pues, Hitler obtuvo un elevado número de votos en las elecciones presidenciales de 1932, aunque la victoria final fue para Paul von Hindenburg.

En las elecciones al Reichstag celebradas en julio de 1932, el NSDAP recibió 13,7 millones de votos y consiguió 230 escaños de un total de 670. Se había convertido en el partido más fuerte, aunque no contaban aún con la mayoría absoluta, y el presidente Hindenburg ofreció a los nacionalsocialistas ingresar en un gobierno de coalición. Hitler rechazó esta propuesta y reclamó gobernar en solitario. Se disolvió el Reichstag y el NSDAP obtuvo únicamente 11,7 millones de votos (196 escaños) en las elecciones que se convocaron en noviembre para elegir una nueva asamblea. El SPD y el KPD obtuvieron en total más de 13 millones de votos, lo que les reportó 221 escaños; sin embargo, puesto que estos grupos eran rivales, los nazis, a pesar de su retroceso electoral, continuaron siendo la fuerza mayoritaria en el Reichstag. Hitler volvió a negarse a participar en un gobierno de coalición y la asamblea legislativa alemana se disolvió por segunda vez. Hindenburg finalmente nombró a Hitler canciller el 30 de enero de 1933, aconsejado por quien desempeñaba ese cargo hasta entonces, el dirigente del partido católico del Centro, Franz von Papen. A partir de este momento se inició la creación del Estado nacionalsocialista instituido bajo un sistema de partido único.

A finales de febrero, cuando estaba a punto de concluir la campaña de las nuevas elecciones al Reichstag, el edificio que albergaba al parlamento fue destruido por un incendio y se sospechó que este acto había sido provocado. Los nazis culparon a los comunistas y utilizaron este incidente como un pretexto para reprimir a los miembros del KPD con una brutal violencia; la misma suerte corrió posteriormente el SPD. Ningún partido ofreció una resistencia organizada. Finalmente, todas las demás agrupaciones políticas fueron ilegalizadas, se consideró un delito la formación de nuevos partidos, y los nacionalsocialistas pasaron a ser la única organización política legal. Por la Ley de Poderes Especiales del 23 de marzo de 1933, todas las facultades legislativas del Reichstag fueron transferidas al gabinete. Este decreto otorgó a Hitler poderes dictatoriales por un periodo de cuatro años y representó el final de la República de Weimar. El 1 diciembre de 1933 se aprobó una ley por la cual el partido nazi quedaba indisolublemente ligado al Estado.

LA ORGANIZACIÓN DEL PARTIDO A PARTIR DE 1933

Desde ese momento, el partido se convirtió en el principal instrumento del control totalitario del Estado y de la sociedad alemana. Los nazis leales no tardaron en ocupar la mayoría de los altos cargos del gobierno a escala nacional, regional y local. Los miembros del partido de sangre alemana pura, mayores de dieciocho años, juraron lealtad al Führer y, de acuerdo con la legislación del recién instituido III Reich, sólo debían responder de sus acciones ante tribunales especiales del partido. En principio, la pertenencia a esta agrupación era voluntaria; millones de ciudadanos deseaban afiliarse, pero muchos otros fueron obligados a ingresar en ella contra su voluntad. Era preciso ser miembro del partido para ocupar un puesto en la administración pública. Se estima que el número de afiliados llegó a alcanzar los 7 millones en el momento de mayor auge.

La principal organización auxiliar del partido nazi eran las SA, designadas oficialmente como garantes de la revolución nacionalsocialista y vanguardia del nacionalsocialismo. Obtuvieron por la fuerza grandes cantidades de dinero de los trabajadores y campesinos alemanes a través de sus recaudaciones anuales de las contribuciones de invierno para los pobres; se encargaron de la formación de los miembros del partido menores de diecisiete años; participaron en la organización de un pogromo contra los judíos en 1938 (causante de la denominada Noche de los cristales rotos); adoctrinaron a los oficiales asignados a las fuerzas terrestres del Ejército alemán y dirigieron a las fuerzas de defensa nacional del Reich durante la II Guerra Mundial.

Otra importante formación del partido eran las SS, que organizaron divisiones especiales de combate para apoyar al Ejército regular en los momentos críticos de la contienda. Este cuerpo, junto con el Sicherheitsdienst (Servicio de Seguridad o SD), la oficina de espionaje del partido y del Reich, controló el partido nazi durante los últimos años de la guerra. El SD se encargó del funcionamiento de los campos de concentración, creados para retener a las víctimas del terrorismo nazi, y desempeñó un importante papel durante la etapa del conflicto bélico al permitir a Hitler controlar a las Fuerzas Armadas desde el Estado Mayor. Otra sección importante del partido eran las Hitler Jugend (Juventudes Hitlerianas), que formaban a jóvenes entre los 14 y los 17 años de edad para convertirlos en miembros de las SA, las SS o del partido. La Auslandorganisation (Organización para Asuntos Exteriores) se ocupaba de la propaganda nazi y creó, financió y dirigió las agrupaciones nacionalsocialistas de Alemania y de la población alemana residente en el extranjero.

LA REORGANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD ALEMANA

Hitler comenzó a crear un Estado nacionalsocialista eliminando la oposición de las clases trabajadoras y de todos los demócratas. El juicio del incendio del Reichstag sirvió como pretexto no sólo para suprimir al KPD y al SPD, sino para abrogar todos los derechos constitucionales y civiles y crear campos de concentración para confinar a las víctimas del terror nacionalsocialista.

La Gestapo

La Geheime Staatspolizei (Policía Secreta del Estado), conocida como Gestapo, fue fundada en 1933 para reprimir la oposición al régimen de Hitler. Cuando se incorporó al aparato del Estado en 1936, se la declaró exenta de someterse a las restricciones que imponía la ley, y sólo debía responder de sus actos ante su jefe, Heinrich Himmler, y ante el propio Hitler.

Centralización y coordinación

Desde 1933 hasta 1935, la estructura democrática de Alemania fue sustituida por la de un Estado completamente centralizado. La autonomía de la que anteriormente habían disfrutado las autoridades provinciales quedó abolida; estos gobiernos regionales quedaron transformados en instrumentos de la administración central y fueron estrictamente controlados. El Reichstag desempeñaba un papel meramente formal, una vez desposeído de su carácter legislativo. A través de un proceso de coordinación (Gleichschaltung), todas las organizaciones empresariales, sindicales y agrícolas, así como la educación y la cultura, quedaron supeditadas a la dirección del partido. Las doctrinas nacionalsocialistas se infiltraron incluso en la Iglesia protestante. Se promulgó una legislación especial por la cual los judíos quedaron excluidos de la protección de la ley.

La economía y la purga de 1934

El desempleo fue el problema más transcendente al que tuvo que hacer frente Hitler al asumir el poder. La industria alemana producía en esos momentos aproximadamente a un 58% de su capacidad. Se estima que el número de desempleados de Alemania oscilaba entre los 6 y los 7 millones. Miles de ellos eran miembros del partido que esperaban que Hitler aplicara las promesas anticapitalistas expuestas en la propaganda nazi, acabara con los monopolios y asociaciones de industriales y reactivara la industria mediante la creación de un gran número de pequeñas empresas. Los miembros del partido reclamaban una segunda revolución. Las SA, dirigidas por Ernst Röhm, asumieron el control de las Fuerzas Armadas como parte del nuevo programa. Hitler tuvo que elegir entre un régimen nacionalsocialista sustentado por las masas o una alianza con los industriales del país y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y eligió esta última opción.

El 30 de junio de 1934, en la posteriormente denominada Noche de los cuchillos largos, el Führer ordenó a las SS eliminar a diversos miembros de las SA, un grupo que podía instigar una rebelión en el Ejército, en opinión de Hitler. Fueron asesinados varios líderes de las SA y del partido, entre ellos Röhm y decenas de sus seguidores, muchos de los cuales no eran contrarios a la política de Hitler. También se incluyó en la purga a otros enemigos del régimen, como el general Kurt von Schleicher, y a algunos monárquicos que defendían la restauración de la dinastía Hohenzollern.

EL NUEVO ORDEN

La supresión de los partidos de la oposición y las cruentas depuraciones de los contrarios al nuevo régimen no consiguieron resolver el problema del desempleo. Para ello era necesario que Hitler reactivara la economía alemana. Su solución fue crear un nuevo orden, cuyas premisas principales eran las siguientes: el aprovechamiento pleno y rentable de la industria alemana sólo podría alcanzarse restableciendo la posición preeminente del país en la economía, industria y finanzas mundiales; era preciso recuperar el acceso a las materias primas de las que Alemania había sido privada tras la I Guerra Mundial y controlar otros recursos necesarios; debía construirse una flota mercante adecuada y modernos sistemas de transporte ferroviario, aéreo y motorizado; asimismo había que reestructurar el sector industrial para obtener la mayor productividad y rentabilidad posible.

Todo ello requería la supresión de las restricciones económicas y políticas impuestas por el Tratado de Versalles, lo que provocaría una guerra. Por tanto, era preciso reorganizar la economía a partir del modelo de una economía de guerra. Alemania debía alcanzar una completa autosuficiencia en lo referente a las materias primas estratégicas, creando sustitutos sintéticos de aquellos materiales de los que carecía y que no podrían adquirirse en el extranjero. El suministro de alimentos quedaba asegurado a través del desarrollo controlado de la agricultura. En segundo lugar, había que eliminar los obstáculos que impidieran la ejecución de este plan, esto es, imposibilitar la lucha de los trabajadores para mejorar sus condiciones anulando la acción de los sindicatos y sus organizaciones filiales.

LOS SINDICATOS

El nuevo orden supuso la ilegalización de los sindicatos y las cooperativas y la confiscación de sus posesiones y recursos financieros, la supresión de las negociaciones colectivas entre trabajadores y empresarios, la prohibición de las huelgas y los cierres patronales, y la exigencia a los trabajadores alemanes de pertenecer de forma obligatoria al Deutsche Arbeitsfront (Frente Alemán del Trabajo o DAF), una organización sindical nacionalsocialista controlada por el Estado. Los salarios fueron fijados por el Ministerio de Economía Nacional. Los funcionarios del gobierno, denominados síndicos laborales, designados por el Ministerio de Economía Nacional, se encargaron de todos los asuntos relativos a los salarios, la jornada y las condiciones laborales.

Las asociaciones comerciales de empresarios e industriales de la República de Weimar fueron transformadas en organismos controlados por el Estado, a los que los patrones debían estar afiliados obligatoriamente. La supervisión de estos organismos quedó bajo la jurisdicción del Ministerio de Economía Nacional, al que se le habían conferido poderes para reconocer a las organizaciones comerciales como las únicas representantes de los respectivos sectores de la industria, crear nuevas asociaciones, disolver o fusionar las existentes y designar y convocar a los líderes de estas entidades. El Ministerio de Economía Nacional favoreció la expansión de las asociaciones de fabricantes e integró en cárteles a industrias enteras gracias a sus nuevas atribuciones y al margen de acción que permitía la legislación. Asimismo, se coordinó la actividad de los bancos, se respetó el derecho a la propiedad privada y se reprivatizaron empresas que habían sido nacionalizadas anteriormente. El régimen de Hitler consiguió eliminar la competencia por medio de estas medidas. Por último, el nuevo orden implantó el dominio económico de cuatro bancos y un número relativamente reducido de grandes grupos de empresas, entre los que se encontraba el gran imperio de fábricas de armamento y de acero de la familia Krupp y la I. G. Farben, que producía colorantes, caucho sintético y petróleo, y controlaba a casi 400 empresas. Algunas de estas fábricas emplearían como mano de obra forzosa a miles de prisioneros de guerra y a ciudadanos de los países que iban siendo conquistados. Los cárteles también suministraron materiales para el exterminio sistemático y científico realizado por el régimen nacionalsocialista de millones de judíos, polacos, rusos y otros pueblos o grupos.

LAS TRÁGICAS REPERCUSIONES DEL NAZISMO

La creación del nuevo orden permitió a los nacionalsocialistas resolver el desempleo, proporcionar un nivel de vida aceptable a los trabajadores y campesinos alemanes, enriquecer al grupo de la elite del Estado, la industria y las finanzas y crear una espectacular maquinaria de guerra. A medida que se erigía el nuevo orden en Alemania, los nazis avanzaban política y diplomáticamente en la creación de la Gran Alemania. La política exterior de Hitler representó un oscuro capítulo de la historia cuyos acontecimientos más relevantes fueron la remilitarización de Renania (1936); la formación del Eje Roma-Berlín (1936); la intervención en la Guerra Civil española (1936-1939) en apoyo de las tropas del general Francisco Franco; la Anschluss (‘unión’) de Austria (1938); la desintegración del Estado checoslovaco (1939), tras ocupar un año antes los Sudetes, región con numerosa población alemana; la negociación de un pacto de no agresión con la Unión Soviética (el denominado Pacto Germano-soviético), que contenía un acuerdo secreto para el reparto de Polonia; y, como consecuencia de esta cláusula, la inmediata invasión del territorio polaco el 1 de septiembre de 1939, acción que dio inicio a la II Guerra Mundial.

Hitler se jactaba de que el nacionalsocialismo había resuelto los problemas de la sociedad alemana y perduraría durante miles de años. El nacionalsocialismo solucionó algunos conflictos ante los que la República de Weimar se mostró impotente y transformó a la débil república en un Estado industrial y políticamente poderoso. Pero esta reconstrucción condujo a la II Guerra Mundial, el enfrentamiento bélico más cruento y destructivo de la historia de la humanidad, del que Alemania salió derrotada, dividida y empobrecida. También hay que añadir al precio de esta empresa el sufrimiento del pueblo alemán durante el gobierno de Hitler y después de su muerte. El aspecto más trágico del nacionalsocialismo fue el asesinato sistemático de 6 millones de judíos.

Tras el final de la II Guerra Mundial, e incluso después de que tuvieran lugar los juicios por crímenes de guerra seguidos fundamentalmente en la ciudad de Nuremberg, continuó existiendo un pequeño movimiento neonazi en la República Federal de Alemania, que adquirió cierta popularidad tras la reunificación alemana de 1990, formado por jóvenes descontentos que han elegido como blanco de sus actos violentos a ciudadanos judíos, negros, homosexuales y de otros grupos. También han surgido organizaciones neonazis en distintos países europeos y americanos.

Más que una doctrina filosófica estricta, lo que el Nacionalsocialismo representa –declaró días pasados el Dr. Stroux para EL ESPAÑOL– es una Weltanschauung, una concepción del mundo. Desde luego, pudiera enraizarse en la gran tradición filosófica del idealismo alemán, pero no concretamente en este o en otro filósofo… Bäumler, filósofo oficial del partido, representa la pedagogía oficial…»

Queremos desarrollar estas manifestaciones precisas del profesor, para que quien recuerde su lectura pueda confirmarlas repitiendo en orden lo que constituye hoy la filosofía de Alemania, al menos, la que adquiere volumen y vigencia más general y produce efectos en la política. La ideología formada en un plazo que con alguna violencia queremos limitar a diez años, pasa de los libros y cursos a los periódicos, en interpretaciones artísticas, en ensayos literarios y hasta bajo la pluma de corresponsales de guerra. Del mundo alto de abstracciones puras, caen motivos que encienden con su contacto los afanes guerreros.

El P. Iturrioz, en el prólogo a la traducción del libro de A. Delp, Existencia trágica, cree ver en la actitud guerrera del soldado alemán efectos de la filosofía heideggeriana, y se detiene a refutarnos así: «Sáinz Mazpule, al intentar bautizar el heideggerismo, ha creído que se trata de una “filosofía ñoña”, queriendo con este apelativo poner de relieve su creencia de que estas nuevas ideas son “totalmente inocuas”.» (Misión, 7 de marzo de 1942.) Con ñoñeces e inocencias tales difícilmente podrá explicarse la actitud de tantos jóvenes que en los campos de batalla se encaran con la muerte con la trágica sonrisa que en su rostro dibuja el eco inconsciente de una voz que va susurrando imperceptible: «El hombre es un ser para morir.»

Creemos, con el P. Iturrioz, que empujan a las almas de esos guerreros sentimientos filosóficos, al menos, un estado de espíritu, «una pedagogía oficial», o concepción del mundo, por la que mueren con sonrisa trágica. Pero ésta no la deben, ni mucho menos, a Heidegger. Los que caen en la gigantesca batalla de Stalingrado saben bien que detrás está una Alemania que desean grande, muy fuerte; una Alemania hegemónica; pero nada de esto han podido aprender en el análisis existencial del «Sein und Zeit» o en «Qué es la Metafísica».

En vísperas del triunfo del Nacionalsocialismo, tres direcciones filosóficas dominaban las Universidades alemanas y eran todavía artículo de exportación, dos de ellas sin eficaz competencia. El positivismo, la más vieja, con el impulso que le había impreso Ernst Mach en el último cuarto de siglo, y que se prestigiaba en algunos círculos de científicos aficionados a filosofar, con los nombres de Hans Vahinger, Johannes Rehmke, Rudolf Carnap y Teodoro Ziehen, para terminar, en 1930, con Hugo Dingler. En posición, de alguna manera contraria, por cuanto afirma la ontología, hay que situar la escuela de Brentano, autorizada después por Meinong, Husserl, Nikolai Hartmann. La tercera tendencia acentúa la «vida», con algún desprecio para las construcciones racionales. Aunque compleja de matices, puede reducirse a filosofía de la «vida» y filosofía de la «existencia».

Quizá alguien mire como descalificación el que las nuevas direcciones alemanas estén vinculadas a motivos políticos, y, al decirlo, añoren sistemas más neutrales, menos «impuros». Estos se sentirán desilusionados si se les demuestra que nunca la filosofía ha conseguido olvidar la época en que ha germinado –sin que esto sea relativizarla–, porque no hay filosofía sin filósofos; porque la filosofía son los filósofos mismos en su vida de reflexiones, y las reflexiones de esta vida y todos pertenecen a un momento del tiempo sobre un clima físico y espiritual concreto. No es de extrañar, pues, que instantes de presión política como los actuales dejen en los sistemas curvas de acoplamiento que no se explican por la consideración pura de la verdad. Porque en este orden de cosas no existe la excepción de «pureza» filosófica, y sólo, quizá, se encuentra en manuales que repiten lo que en otras épocas fue verdad viviente y que ahora es verdad truncada. Pero estos resúmenes de filosofía «pura» son, por esto, tan tristes, tan infecundos, que uno los llamaría cenotafios del pensamiento… La filosofía es algo que no se puede derivar y que hay que coger a jirones en los filósofos y en la vida, a sabiendas de que será siempre, infinitamente, una meta fugitiva y una recomendación de humildad.

El positivismo se resiente, o, mejor dicho, «es», casi en su totalidad, curva de acoplamiento, efecto histórico. Imperaba entonces el industrialismo en la economía, con su secuela espiritual de atención unánime hacia la eficacia y las medidas, con la utilidad como criterio de esta eficacia, con la vida de ciudad y sus emociones como ambiente, con desprecio u olvido de lo espontáneo y primigenio y una tremenda ceguera para las realidades exteriores a los laboratorios, para las realidades surgidas en el aire limpio, bajo la mirada plácida o tempestuosa de los cielos.

Fue, en su época reciente, una filosofía cegada por las claridades eléctricas recién estrenadas, y por no molestarse a salir de esta angustia, por hallar de buen tono las borracheras de experiencia, negaron todo lo demás. Y «todo lo demás» era nada menos que el mundo de las realidades con su simple estructura metafísica; era el alma sustancial, la posibilidad de una filosofía primera, y, por tanto, también la de una salvación. Presos en seducciones ciudadanas, civilizadas, scientistas y pragmáticas, se desacostumbraron de la visión limpia del ingenuo y desinteresado contemplador. Era una filosofía de época, un hecho singular históricamente, aunque puedan señalarse quiénes anticiparon las doctrinas. Porque el acento sentimental que le dio fervor de creencia, entusiasmo de fe religiosa, es fenómeno inglés, emergido del industrialismo. Digámoslo más concretamente: fruto de una mentalidad mercantil, practicista, vencedora en un tiempo de Europa. No en vano se citan entre sus principales propulsores y teóricos los ingleses Hume y Stuart Mill, con sus recursos de última instancia a los sentidos y a sus datos y con una interpretación estrechísima del contenido de los mismos. Obcecados por las máquinas, convirtieron en categorías sus limitaciones de visión, y hasta los fenómenos psíquicos los explicaron maquinalmente con criterios enteramente fabriles. Obra del positivismo es la psicología de los elementos, que actualmente se bate ya en plena quiebra.

Mach no aceptaba más testimonio que el de los sentidos, con descripciones empobrecedoras de sus datos, lo que, por ejemplo, le llevaba a asegurar que lo «psíquico» y lo «físico» no son más que dos aspectos de una misma sensación, indiferente en sí a que se adjudique a una u otra región ontológica.

El representante último de esta escuela es, de momento, Hugo Dingler, y procede de Mach, aunque haya sido influido por otras doctrinas que le ayudan a eludir algunos groseros errores en que aquél incurriera. Está también lejos de los «neopositivistas» del círculo de Viena –Schlick, Reichenbach, Carnap, Franck–, abiertamente hostiles a cuanto denuncia preocupación de trascender o simple afán filosófico. Dingler, por el contrario, partiendo, como Mach, de una realidad indiferenciada entre psíquico y físico, confusamente percibido por todos, cree que no se agota en la simple percepción; que esta realidad no se reduce a hecho de conciencia, sino que tiene además «flecos» que acusan algo exterior a nosotros que se impone. Esta totalidad caótica es el fondo y la forma que capta la visión ingenua, para la que las cosas son «llenos», y la materia, algo compacto que resiste, y los colores, calidades que están ahí, tales como los vemos, y el sonido y el sabor y el contacto, fenómenos exteriores, no sólo en su causalidad, sino hasta en los matices de su percepción. Sobre esta realidad difusa proyecta la ciencia rayos de mirada que alteran la primitiva imagen, leyes que corrigen el mundo del ingenuo, y la elección de estas leyes la condiciona –como en Mach– un principio de economía de pensamiento. Se trata de fórmulas que no nos garantizan la verdad, ya que no buscan ésta, sino un mayor grado de eficacia. El hombre, en su conducta intelectual, procede obediente a tales leyes, sin que la verdad tenga para él ningún sentido. Son expedientes que se revelan útiles para superar las cosas.

En el sistema de Dingler la ciencia es una red de leyes impuestas con vistas al resultado, sin que la idea de su verdad o de su falsedad signifique nada. Captamos un mundo confuso, y sobre él, sin poder superar hacia la verdad las imágenes iniciales, aplicamos paquetes de normas con que intervenimos más eficazmente. La cuestión de la verdad y del conocimiento no se plantea. Podríamos sintetizar esta posición diciendo que el mundo es así, y con él, por imperativo de un principio de economía de pensamiento, actuamos de determinadas maneras. Lo que de las cosas decimos, las leyes a que nos ajustamos, no son su verdad, no son su ser, sino fórmulas de una económica utilización.

Dingler parece olvidar que al decidir los procedimientos o formular un sistema de enunciados, no lo hacemos arbitrariamente, sino que, entre los mil posibles que se ofrecen, sabemos de unos que resultan y de otros que fracasan. Aquéllos son adecuados al fin, y éstos, heteróclitos. Tal diferencia sólo se explica por una imposición ontológica, «por una obligación de las cosas», dicho con palabras de Schiller; por su verdad, que se revela en la mayor aproximación, en la adecuación más perfecta de un procedimiento, en su mayor parentesco entitativo. Los enunciados o los expedientes que triunfan se aproximan más a la verdad que los que fracasan.

Dibujo de Saez en El Español, 26 de diciembre de 1942, número 9, página 4 Nos atrevemos a incluir en la línea positivista el relativismo histórico en todas sus variaciones, y muy especialmente la diltheyana, que reduce el curso de la Historia y las concepciones espirituales que lo jalonan a una serie de tipos más o menos condicionados temporalmente: la de Max Weber, que entiende la filosofía como tipología comparativa de concepciones del mundo; la de Spengler, que esquematiza la Historia en círculos de cultura, sometidos a evolución orgánica, como los vegetales. Como positivista se expresa también Heisenberg al convertir en relaciones de indeterminación objetiva las relaciones de indeterminación metódicas.

Fuera del positivismo, y contrapuesta a él, se coloca la escuela de Brentano, influida por la filosofía escolásticoaristotélica y con un sentido muy agudo para interpretar los contenidos de conciencia y ver en ellos lo que los desborda. Brentano recoge la idea escolástica de «internacionalidad» de nuestra mente, y con ello abre en la filosofía un período muy rico. La teoría del objeto, de Meinong, y las Investigaciones lógicas, de Husserl siguieron sus caminos, este último con el programa inmediato de superar el psicologismo, al que ha vencido quizá definitivamente. Desde el punto en que estaban sus meditaciones lógicas, arrancan las Meditaciones cartesianas y se esboza el programa de una filosofía nueva, programa afanoso, como de quien ha encontrado un mundo ignorado y arde en prisas de describirlo. Las «menciones» de la inteligencia conducen a Husserl al orden de los objetos ideales, en sus distintos estratos, y se dedica a narrarnos su génesis trascendente. Entusiasmado con los hallazgos, cree que la riqueza de la conciencia y de sus datos no necesita el soporte de un mundo real, y hasta que éste es imposible. En un comienzo, y por pureza metódica, lo había eliminado, sometido a una épogé, pero al fin de su tarea lo excluye irremediablemente.

No queremos detallar este aspecto, porque existen obras en castellano que informan bien de lo fundamental de la tendencia.

Entre los discípulos de Husserl hay dos que han influido mucho en la Alemania anterior al Nacionalsocialismo, y que aun ahora pesan, sobre todo en medios intelectuales fuera de Alemania, y son Scheler y Heidegger.

El primero sostuvo, contra las consecuencias que del método fenomenológico derivaba su maestro, la realidad de un mundo aprehendido en la resistencia a nuestros impulsos; idea que debe quizá a Maine de Biran, y ha dejado, además, una doctrina ética autónoma, basada en estructuras ideales llamadas «valores». De su abundante producción, quizá lo más provechoso sea su refutación del formalismo kantiano, los diversos estudios sobre sociología del saber y la obra De lo eterno en el hombre. Scheler se convirtió al catolicismo, pero cambió muy pronto, llevado por tendencias de filosofía, un poco de estilo asiático, hacia una forma cruda de panteísmo, tal como está expresada al final de su obra El puesto del hombre en el Cosmos. Tampoco es necesario apurar aquí la obra de Scheler, sobre la que hay en nuestra lengua abundante bibliografía.

El pensamiento de Heidegger, cada vez más abandonado –¡desilusiona la infecundidad del autor después de su primera gigantomaquia!–, es imposible de resumir. Por otra parte, el libro ya citado de A. Delp, traducido por el P. Iturrioz, expone muy claramente las líneas fundamentales y nos exime de insistir.

Hay, aparte de los citados, dos pensadores que renuevan y conmueven ideas, que son Nikolai Hartmann y Ludwig Klages, pero preferimos dejarlos como tema de estudio particular para cada uno.

Las tendencias vencedoras en Alemania, al subir el Nacionalsocialismo, estaban influidas, unas, por el ambiente general científico –lo que explicaba la coincidencia entre pensadores distintos–; otras, quizá por disposiciones raciales: el idealismo de los judíos Cohen y Husserl; el vitalismo de Simmel, judío, influido por Bergson, que también lo era, y las ideas de Scheler, que ha sido llamado recientemente «semijudío». Frente a tales formas están las que constituyen la concepción del mundo nacionalsocialista, con independencia y aplicaciones políticas.

Dibujo de Saez en El Español, 26 de diciembre de 1942, número 9, página 4 Abre marcha en la psicología Félix Krüger, que refuta los intentos de buscar en el estudio del alma la «exactitud» de las ciencias físicas, por virtud de la aplicación de sus métodos. Para él, la psicología no es ciencia de exactitudes, sin que esto quiera decir que sea ciencia de menor valor. Es ciencia de la «totalidad» del alma, de la vida interna, que, como totalidad armónica y continua a través del tiempo, hay que aprehender. Necesita, pues, conceptos descriptivos en cuyos límites, en cuya definición quepa incluir la riqueza psíquica entera, de suerte que se expliquen así muchos fenómenos imposibles por métodos distintos. El concepto de «totalidad» de Krüger es algo más amplio que el de «forma», que reduce su aplicación al estudio de los sentidos, especialmente a las formas ópticoespaciales y la conducta teleológica de la inteligencia. Krüger no desdeña tal estudio, pero amplía su esfera para que entre la vida toda, con los sentimientos, impulsos, voluntad, inteligencia, deseos y los encadenamientos de procesos que se completan en el tiempo y que constituyen las «estructuras». Entre éstas, la más central y abarcadora es el carácter. Ahora bien: esta «estructura» del carácter es algo permanente y determinativo por el ethnos, por la raza. Cuando trata de describir los tipos posibles, encuentra tres: los «analíticos», dominados por una tendencia a la descomposición; los «sintéticos», que tienden a ver unitariamente las cosas más difusas, y los grupos «formativos», los más maduros, que ensayan en el tiempo su capacidad creadora de cultura y rejuvenecen las épocas. El concepto de «totalidad» no se identifica con el escolástico de «universalidad», porque agrega a la forma abstracta de éste el peso y la riqueza de la experiencia. Las «estructuras» psicológicas, es decir, las unidades de vida psíquica que se realizan y se moldean y se terminan en el tiempo, son aplicables, fuera del individuo, a las familias, a las comunidades, a los pueblos. Hay un carácter de los individuos, y lo hay igualmente de las familias y de las naciones, y este carácter como «estructura», es decir, como totalidad de conducta unitaria en el tiempo, es algo que permanece. Krüger rechaza el positivismo, que disuelve la totalidad psíquica de los pueblos, las comunidades y las familias en individuos, y la totalidad psíquica de los individuos en sensaciones y en elementos. Rechaza igualmente las contraposiciones de vida, alma e inteligencia, como en Bergson; suprime el abismo entre vida, alma, cultura verdadera, y espíritu, civilización y voluntad, como en Klages y Spengler. Todas estas filosofías rompen en fragmentos las totalidades.

Piensa Krüger que sus doctrinas brotan del alma misma, del viejo germanismo, y que vienen decididas desde Nicolás de Cusa y de Boheme, continuadas en Leibnitz, con su filosofía de la totalidad vital, y especialmente en Goethe y en Kant, que las supone en los conceptos de «síntesis», «unidad de apercepción», y en numerosos otros.

El pueblo alemán, según él, tiene el carácter que le pertenece como estructura unitaria, fuerza de conformación y capacidad creadora para poner orden en el caos e imponer una política nueva en el Occidente.

En Erich Jaensch encontramos una tendencia similar, también con aplicaciones políticas. Había partido de los estudios de Urbantschitsch, publicados en 1907, sobre las imágenes –visiones eidéticas– con las que estableció tipos «clínicos», como entonces llamaba a los que tienen capacidad para producir estas imágenes. Sabemos que pertenecen memoria a las de la memoria, y se caracterizan por ocupar un lugar intermedio entre las imágenes consecutivas, teñidas todavía de sensación, y las ordinarias, más alejadas y desvaídas. Para producir imágenes eidéticas no se necesita una fijación tan larga como para las consecutivas, y resisten más tiempo, casi tanto como se quiera. A veces se presentan en la contemplación misma de un objeto, como algo superpuesto a su visión y con tal riqueza de detalles, que se puede leer en ellas, como si fueran el objeto mismo. Estos eran los hechos de que partió Jaensch para sus síntesis filosóficas.

En esta proximidad de sensación y representación de las imágenes eidéticas encuentra dada la unidad del yo, y lo considera un buen punto de partida para el estudio evolutivo del alma. Primitivamente, según él, sensación, representación e imagen formaban un solo hecho psíquico, se fundían en una sola presencia. Para los neokantianos, la unidad del yo era una deducción; para Jaensch es algo dado elementalmente. Según el grado de evolución de la capacidad eidética, se puede medir la juventud o el grado de madurez de las razas y clasificarlas por tipos dominantes.

Más tarde, a medida que afinaba sus estudios, ha podido distinguir tipos diversamente matizados, y mediante ellos bosquejar una tipología completa del hombre. Hay los llamados «tipos de integración», con distintos grados, a partir del más perfectamente integrado, que es un tipo muy excitable, de gran sensibilidad y de actitudes pasivas, en el que se incluyen la mayoría de los niños y de las mujeres, y algunos hombres afeminados. En este grupo abundan los de capacidades eidéticas. Hay otra forma menos integrada, con una distinción mayor, en la que el individuo se siente pegado al mundo en la medida en que éste corresponde a sus ideales y valores, y sabe establecer muy bien contraposición entre el ideal y la realidad. Un tercer tipo se caracteriza por una integración más imperfecta y dirigida, por decirlo así, hacia dentro, con una gran fijeza de carácter, de actividad y de energía

Los «tipos de irradiación» proyectan lo subjetivo hacia fuera, forjan el mundo constructivamente desde su ideología. Son tipos lábiles, y tienen inclinación a los estudios matemáticos. Propio de este tipo es el racionalismo de Descartes y el apriorismo. Mientras el tipo de integración revela unidad racial, el de irradiación acusa mezcla, y abundan en él los judíos. Hay además un tercer tipo, de menor importancia, llamado de «desintegración».

Estos tipos psicológicos prescriben cada uno su concepción del mundo adecuada. Los hombres ven lo real según esta íntima perspectiva. Los tipos integrados tienden más a la visión de totalidad que a las visiones parciales, y prefieren explicar los procesos teológicamente. En ellos se mantiene firme la coherencia entre sujeto y objeto. El tipo desintegrado –irradiativo– ve mejor las partes que el todo, y opta por explicaciones causales: las de tipo mecánico sobre las finales, y siente y afirma la distancia entre el sujeto y el objeto. La concepción del mundo de los tipos de integración, en una de sus formas, puede llamarse «idealismo de lo lejano», porque mantiene una gran separación entre la esfera de lo ideal y la esfera de la realidad. Es lo característico del idealismo alemán, y en la concepción de Jaensch aparece como la conservación de una tendencia imaginativa juvenil.

El tipo de irradiación se define por los mundos inorgánicos, las superestructuras racionales apriorísticas que fabrica, con las que quiere corregir la labilidad de su carácter sin mantener ningún contacto con la realidad. De estos tipos y de las concepciones correspondientes vale la afirmación de que el espíritu es el destructor del alma.

Esta dependencia entre las concepciones del mundo y los tipos quiere decir que las categorías están determinadas psicológicamente. Esta determinación psicológica no quiere Jaensch que se entienda como relativismo, ya que los tipos deciden las actitudes de cada individuo y su posición ante los problemas filosóficos centrales; pero nada dicen de la validez de estas posiciones.

Para Jaensch, el sentido filosófico del movimiento nacionalsocialista consiste en buscar una concepción que sea la que automáticamente corresponde a las características espirituales de la raza germánica. Principalmente lucha contra las filosofías propias de los tipos de irradiación y de disgregación, que dominan en el liberalismo y en ideología racionalista francesa. Combate también al «idealismo de lo distante», aunque es propio del tipo de integración y ha tenido muchos representantes en Alemania, y quiere superarlo, porque tal concepción significa el mantenimiento de disposiciones infantiles. El nacionalsocialismo reacciona contra el «idealismo distante» de la realidad, y quiere llevar la juventud hacia un idealismo próximo, sin contentarse con un mundo derivado de cualquier forma de «razón». Necesita satisfacciones para el hombre entero en su unidad psicofísica, tal como lo entiende la antropología. Con esto, la posición de Jaensch coincide con la de Krüger, en cuanto ambas implican repulsa del positivismo y de la filosofía del espíritu irreal –Cohen y Husserl–, así como de la filosofía de la vida y de la «existencia» –Simmel, Spengler, Heidegger–.

El neokantismo es característico de los tipos de irradiación –judíos en buena parte– por el carácter constructivo que da al conocimiento. Esta filosofía que pretende continuar la línea del idealismo alemán –perteneciente al tipo de integración– la falsifica, porque mientras aquélla admite lo ideal como objetivamente dado y percibido en una relación de coherencia, el idealismo lógico –Cohen– no ve lo ideal como un objeto presente a la conciencia, sino como una proyección de las formas de actividad de ésta. Así Jaensch, al igual que Krüger, rechaza también con idéntica energía el idealismo fenomenológico de Husserl y la filosofía de la «existencia» de Heidegger, ambas propias del tipo de irradiación. Igualmente se desdeña la manera de ver de Nikolai Hartmann, por cuanto supone un mundo de objetos ideales, de esencias, del estilo de los conceptos esenciales escolásticos, y propugna entidades de orden superior, designadas «valores», como constitutivos de una vida alta, noble y culta del hombre. Para Jaensch, coincidente con Krüger, la ética en general, los ideales propuestos al hombre, han de derivarse de una mejor consideración de sus caracteres antropológicos, es decir, de sus tendencias y sus maneras de ser. Los valores para él no son algo sobre el mundo o junto al mundo, sino algo íntimo al mundo. La cultura de lo infravital, como en el positivismo, y la de lo supervital, como en Hartmann, y el realismo de tipo escolástico, debe ser sustituido por una cultura vital enteramente, en que el ideal y la realidad se sinteticen y broten de un mismo fondo. El Logos debe ser suplantado por el hombre viviente. El espíritu no puede ser una estructura fuera o por encima de la realidad, sino algo anclado en la misma vida, espíritu vital, y así no podrá ser presentado, como en la tesis de Klages, como destructor de la vida.

Ernst Krieck no parte, como Jaensch, de una ciencia particular, la psicología, para desde ella afrontar los problemas filosóficos, sino desde la antropología total, vista en lo posible desde el nacionalismo político. En el prólogo a su obra Der mensch in der Geschischte señala: «Los alemanes no hemos entrado en la guerra mundial de 1939 con el armamento científico completo. Frente a las ciencias técnicas, deben intervenir otras encargadas de formar al hombre, ordenar la comunidad y la historia. El Gran Reich alemán sólo podrá cumplir la misión mundial que le estará encomendada después de la guerra, con ayuda de una ciencia del hombre, de la dirección del hombre, de su formación y de la formación de la comunidad y de la historia.» Krieck quiere un conocimiento no pragmático utilitario, de estilo anglosajón, sino de orden político, porque cree que sólo los pensamientos que brotan de las realidades políticas son políticamente eficaces. Esto muestra la necesidad urgente de eliminar el idealismo que concibe el mundo como una cualidad en la que se aísla un espíritu autónomo, entendido según la tradición cristianoantigua, y que es extraño al modo de ser alemán, actualmente captado. Los herederos de este retrasado idealismo que todavía tienen cátedras en las Universidades, deben ser retirados, aunque se hayan afiliado bajo las banderas nacionalnocialistas.

Al exponer la crítica de Kant, rechaza Krieck la contraposición de un sujeto que impone formas de conocimiento y estructura con sus categorías al mundo de los objetos dados. Según Kant, todos los hombres, independientemente de la raza y de la comunidad vital a que pertenezcan, dispondrían del mismo aparato categorial, aplicable a las cosas. Además de esta esencia humana común, supone la «cosa en sí», que es lo que quedaría sí suprimiéramos lo que con nuestro pensamiento conformador categorial añadimos. Este dualismo de sujeto puro y objeto tiene que ser rechazado, porque la base de toda teoría del conocimiento es la unidad de la persona, miembro de una comunidad y perteneciente al mundo. Una ley personal propia y la ley de raza determinan el conocimiento, y éste no es posible si el que conoce es radicalmente de otra especie que lo conocido. En el conocimiento no existe un yo sin un tú, y en esta pluralidad de personas implicadas en el proceso gnoseológico se funda la común «verdad» del conocimiento. Tampoco hay aparato de conocimiento idéntico para todos los hombres. Este postulado del racionalismo es falso. La especie biológica no constituye comunidad real, sino que ésta se realiza en la multiplicidad de las comunes totalidades vitales de los pueblos. Y donde no hay una comunidad formada, no hay ciencia. La ciencia alemana no es más que la expresión de la manera de ser alemana y de su esencia.

La verdad no se construye con una «razón pura», sino que es algo fundamental, dado en el carácter de la persona y de la comunidad. Sólo se puede aspirar a captar verdades eternas sobre la base de la propia existencia y de sus condiciones raciales, étnicas e históricas. Y cuando un pueblo cambia totalmente, también cambia la verdad en la historia. Hay una verdad eterna, en la medida en que hay una vida eterna. Cada verdad concreta es una forma de participación en la verdad total. Las leyes de la naturaleza son perspectivas para aclarar el mundo y la realidad condicionadas por supuestos vitales.

La eterna verdad fundamental no puede ser aprehendida de manera adecuada en un único y particular acto de conocimiento: sólo todos los hombres juntos la poseen.

Frente al relativismo, Krieck mantiene la verdad fundamental, que sólo por partes puede ser captada, al igual que en el perspectivismo tipológico de Jaensch.

Dibujo de Saez en El Español, 26 de diciembre de 1942, número 9, página 4 Esta teoría del conocimiento de Krieck supone una antropología en la que el hombre aparece integrado por cuerpo, alma y espíritu como aspectos distintos de una misma unidad. Al dualismo de cuerpo y alma –y al de alma y espíritu, abismalmente distantes en Klages– agrega Krieck como tercer elemento el espíritu, que no es cosa traída de otros mundos, sino el conjunto de las relaciones entre hombres, de las formas comunes de lenguaje, ideas, costumbres, sentimientos, religión, cultura, derecho, economía. La comunidad es la que hace posible la existencia de los individuos como totalidades vitales, y no al revés, y con esto, la realidad del pueblo queda en la base de todo, es la unidad metafísica y compone a la vez la totalidad de la vida del hombre y la eterna.

Hay que precisar también el concepto de vida, que en Krieck se extiende a todo el ser. Esta imagen biológica del mundo, que tiene antecesores en Paracelso y en Goethe, se contrapone al mecanismo positivista. De este modo aspira Krieck a salvar el abismo entre lo inorgánico y lo orgánico, y entre la naturaleza y el espíritu. Todo es vida. Las ciencias de la naturaleza y las del espíritu no quedan ya separadas desde su fondo, ni el cuerpo, alma y espíritu pueden ser considerados como entidades metafísicos distantes, sino unidos dentro del concepto comprensivo de la «vida». La naturaleza condiciona y soporta a la historia, y la historia imprime su cuño a la naturaleza.

Cree errónea la idea de Kant de que el hombre ponga en contacto dos mundos: el de la causalidad y el de la libertad trascendente. Para Krieck, la actividad creadora humana pertenece también a la naturaleza del hombre, y ella le distingue de las otras formas orgánicas; pero en modo alguno revela esencia diferente en que se contraponga el mundo de la libertad al mundo de la causalidad. La voluntad humana entra como un factor causal en la naturaleza, y a su vez es causal también el efecto del hombre sobre el hombre, llamado hasta ahora espíritu. La fuerza que hace la historia, ¿es acaso menos fuerza que la de las máquinas? No son, pues, según este pensador, dominios separados el de la naturaleza y el de la historia, sino que hay unidad entre ambos, constituida por el Todo viviente.

La victoria del nacionalsocialismo no fue una victoria de masas, porque no se trató en el caso de vencer o ser derrotado, sino de servir. Cada miembro agota sus deberes y la tarea central de su vida en el servicio de la comunidad que constituye el sentido de sus personas. El Estado es el que cumple las tareas generales y el que impone los signos de presencia de una nación en la historia. Los pueblos que carecen de Estado, carecen por lo mismo de historia. El Estado no es una superestructura de tipo técnico, ni una forma social orgánica más crecida, como creía el romanticismo, sino que el Estado es el Führer. Él es el motor de la historia, y por su virtud sé pasa del orden de lo posible al orden de lo real. El partido nacionalsocialista representa en Alemania el lado dinámico frente al Estado, que es lo estático. Este dualismo Movimiento-Estado no es más que un compromiso entre la revolución y la reacción, pues el Estado, progresivamente, tiene que ser eliminado a medida que dentro del Movimiento se van formando los hombres con capacidad creadora; en especial, las promociones jóvenes educadas en el nuevo espíritu.

En la comunidad, que da las últimas instancias de esta concepción filosófica, radican la verdad y la moral. Los conceptos éticos son sólo conceptos normativos que regulan la relación entre un acto y la comunidad. La medida básica del valor hay que captarla en los valores raciales, entre los cuales destacan el del honor y el de la fidelidad. La mayor capacidad de servir al Führer da la medida de la valía de un alemán, pues el Führer es la personalidad en sentido propio, la que obra supremamente, y como tal, crea la personalidad libre: él es el creador de las leyes, y obedece sólo a la necesidad interna que le compromete con el honor racial y la fidelidad al pueblo.

Alfredo Baeumler, que, como declaró el Dr. Stroux, representa la pedagogía oficial, apenas agrega ideas nuevas a las expuestas, pero da tono más agudo a la afirmación de originalidad creadora del espíritu germánico, y emplea palabras más decisivas sobre lo decisivo de la política.

Para él, hay dos realidades culturales claras: el germanismo y el cristianismo. Este presenta una hostilidad manifiesta contra el mundo al subordinarle a medidas extramundanas. El mundo es contingente frente a Dios y las exigencias de orden moral, que son eternas. El idealismo, según Baeumler, es herencia cristiana, y por esto lo rechaza como extraño a lo germánico. La igualdad democrática proclamada por Rousseau, y el que todos seamos semejantes ante Dios, no son ideas germánicas, porque destruyen la vida al igualar las diferencias de nivel de fuerzas, y hace posible que prevalezcan quizá los valores inferiores. Los más altos para él son: la vida, la fuerza, la capacidad creadora de las razas, y en esto radican las diferencias de valor y de dignidad entre los pueblos y entre los hombres. Este es el tema capital de una gran parte de sus exposiciones. También en la interpretación de la voluntad hay diferencia entre sus puntos de vista y los más corrientes en los pueblos latinos, de herencia grecorromana y cristiana. Que la voluntad tienda hacia un fin y que en su logro se satisfaga le parece una idea «oriental», frente a la cual presenta la voluntad germánica que goza con la simple acción, en un constante fieri e incansable activismo.

No hay instancia superior a la vida y por la que pueda ésta calificarse, y el intento de buscarla se llama nihilismo, por cuanto destruye los valores vitales, los niega o los rebaja. Siendo esto así, el Estado no es entidad moral que tenga por fin establecer la justicia entre los ciudadanos, sino el instrumento por el cual una comunidad toma conciencia de su poder y da señales de eficacia en la historia. El Estado es una expresión de la lucha por el Poder. Las ideas, los valores, la verdad, enraízan en nuestra esencia de hombres, miembros de una comunidad racial que no tiene que justificarse ante nadie, porque ella misma es su justificación. La mayor tacha moral que pudiera lanzársele sería la de su ineficacia histórica. No somos entes que contemplan, dirá Baeumler, sino entes que obran. Hitler es el Jefe del pueblo alemán porque en él, de una manera misteriosa, las fuerzas inéditas del germanismo han hallado encarnación, y él es instrumento de estas fuerzas y de esta corriente vital.

La obra de Hans Heyse –Idee und Existenz, 1935– es reveladora en esta misma serie de exposiciones. Intenta el autor nada menos que resolver el problema de la unión de la existencia y de la idea, de lo teórico y ateórico, de la filosofía y de la vida, trasladándose en la historia al momento en que esta antinomia no existía aún. En este empeño renueva las interpretaciones de las ideas platónicas. Platón quiso en su teoría de las ideas –según Heyse– mantener la unidad del hombre y de la comunidad contra las tendencias de la sofística. La esencia y el valor del hombre radican en su dependencia de la comunidad, que es la que unifica todas las funciones. La Idea es el principio que liga indisolublemente al hombre con el Estado, y a la vez con el orden total del ser y de la vida. El problema de las ideas no puede ser resuelto con una reflexión sobre individuos aislados, sino en la unión del hombre con la totalidad del orden metafísico del ser, y esto sólo puede hacerse desde la existencia histórica y sus relaciones con el Estado. La Idea es la forma del verdadero existir en el Estado histórico. No es, pues, un ser transcendente, separado de las cosas, sino la forma de participar en la existencia histórica. En la medida en que un hombre participa tiene una esencia, una naturaleza y forma permanente que le constituye en hombre.

La idea de «forma» aristotélica tiene esta misma explicación. Sostiene además el autor que el cristianismo judaizó esta unión griega de idea y de existencia, y quedó oscurecida la manera de ver de los griegos y de los germanos, sobre todo cuando San Agustín hace de las ideas platónicas conceptos en la mente de Dios según los cuales es creado el mundo. La Idea pasó, con él, a ser algo trascendente, situado fuera de lo concreto y con existencia en un mundo abstracto.

Dibujo de Saez en El Español, 26 de diciembre de 1942, número 9, página 4 Para Heyse, como antes para Jaensch, el deber tiene que derivarse del ser del hombre, y la nueva filosofía busca esta vinculación. La filosofía actual tiene que salvar del caos los valores, restableciendo la unión entre existencia e idea, entre los valores de toda especie y el hombre mismo. La filosofía alemana actual tiende a alcanzar valores supremos en el proceso político de realización del Reich, partiendo de los valores ya descubiertos en la existencia misma del pueblo. La verdad de la existencia histórica alemana en el nuevo Reich será el contenido capital de la filosofía.

Con leves variaciones, dentro de la misma tendencia, se mueven las teorías de Rosemberg, de E. G. Kolbenheyer, de Wilhem Burkamp, de Arnold Gehlen, de Hermann Schwarz, de Schuldze-Boelde y otros; pero no podemos extendernos más.

Estas tendencias filosóficas, tan radicales en sus consecuencias y distantes de nuestra manera de pensar, son un hecho europeo, y no debe ignorarse, como tampoco se ignoró en su tiempo el mensaje original, y no menos extraño de Nietzsche. Este pueblo alemán, que ha dado al pensamiento las formas más originales de especulación, presenta ahora variedades verdaderamente revolucionarias; pero no más revolucionarias que la presente guerra y la tremenda crisis espiritual en que se debate el mundo.

Carece totalmente de interés agregar como término nuestro punto de vista sobre estas ideas. Es evidente que no las podemos compartir; pero esto no nos exime, ni exime a nadie, de prestar atención a concepciones que ahora mismo, y ante nuestros ojos, están naciendo. Coinciden ellas con el hecho tremendo de la guerra, y quizá expliquen en buena parte el heroísmo de un pueblo magnífico que riñe con todas sus potencias una lucha por el destino, como potencia y por la suerte de Europa.

Por lo demás, tenemos que concluir con orgullo que España forma hoy una reserva espiritual que Europa necesita, y que quizá en un mañana no lejano tenga que agradecernos.

Los tres sellos que aparecen en este mensaje fueron emitidos por el Gobierno Autónomo de Euzkadi en 1937. Dichos sellos figuran en el catálogo The Republican Local War Tax Stamps (1936-1939), publicado en febrero de 1977 por la británica Spanish Philatelic Society en la página 124.

Bueno como podeis comprobar lo que tienen en común es la cruz gamada nazi, y también cabe destacar el trilingüismo, aun praticado en la Universidad del País Vasco con la única diferencia que antaño empleaban el latín en lugar del inglés, puede que por las raices clericas de quien promueve este movimiento… el PNV.

Analicemos los sellos:

En el primero sello se ve claramente el simbolo militar del imperio japonés de la 2ª guerra mundial, y la cruz gamada representa el sol.

En el segundo sello se aprecia un búho o lechuza encima de una esvástica, el significado aun no le conozco, ya investigaré.

Y en el tercero, con más iconos que los dos anteriores, destacan tanto los rayos solares que se ven arriba a la izquierda, como la presencia de un “vasco” su clásica chapela, y su clásico caserío (si lo miras bien lo veras).A continuación se ve que tiene un libro abierto donde se ve la evástica nazi y en la otra creo que es el arbol de Guernica.

El autor de esta inhóspita y desapercibida colección de sellos -que ninguno de los guardianes y reveladores de la memoria histórica común del pueblo se ha atrevido a estudiar- se supone que es Txiki Zabalo, un dibujante que colaboró arduamente en las campañas que promovía el ultraderechista PNV.

Al parecer a nadie le importa como fueron a parar dichas cruces gamadas en calidad de emblemas a unos sellos para promover la Universidad Vasca, promoción emprendida por el Gobierno Vasco de 1937.

Ahh me adelanto a posibles comentarios y decir que hitler llego al poder en el 33 si no recuerdo mal, y estos sellos son del 37.. asi que no ve vengais con que la esvástica no es nazi, y dudo mucho que fuera un símbolo vasco de hace dos mil años.

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